Eric estaba en su oficina, la furia creciendo en su interior. Miró los planos sobre su escritorio, pero no cuadraban. No entendía por qué, a pesar de concentrarse, las cosas no salían como él quería. Respiró hondo y maldijo en voz alta: —¡Maldita sea! La mediocridad no era algo que sucediera a menudo en su vida, pero ahora que estaba pasando, lo llenaba de ira y frustración. Llamó a Daniela.
—¡Daniela, necesito que vengas! —gritó. La secretaria, sabiendo que su jefe no estaba de buen humor, apareció en la oficina, nerviosa y temerosa. La timidez rodeaba su sistema.
—¿Se le ofrece algo, señor? —preguntó, con voz suave.
—Quiero que me recuerdes el itinerario. No me ha llegado —le dijo Eric, con la mirada dura.
Daniela le explicó lo que tenía apuntado para ese día. Eric resopló, frustrado. No quería dirigir la reunión, pero sabía que no tenía otra opción.
—¿Se le ofrece algo más, señor? —quiso saber.
—No. Ya te puedes retirar —casi rugió él, y la mujer se fue. Al salir, Daniela soltó