Eric estaba en su oficina, la furia creciendo en su interior. Miró los planos sobre su escritorio, pero no cuadraban. No entendía por qué, a pesar de concentrarse, las cosas no salían como él quería. Respiró hondo y maldijo en voz alta: —¡Maldita sea! La mediocridad no era algo que sucediera a menudo en su vida, pero ahora que estaba pasando, lo llenaba de ira y frustración. Llamó a Daniela.
—¡Daniela, necesito que vengas! —gritó. La secretaria, sabiendo que su jefe no estaba de buen humor, apa