Vanessa
Al abrir los ojos, un escalofrío me recorrió la espalda. El miedo me paralizaba. Noté que mis manos y pies estaban firmemente atados, con cadenas que raspaba mi piel y me dejaba una sensación áspera y dolorosa. La habitación estaba débilmente iluminada por una bombilla que colgaba del techo, proyectando sombras inquietantes en las paredes. Frente a mí, varios hombres me observaban con sonrisas torcidas, como si mi angustia fuera motivo de diversión.
—¡Sáquenme de aquí! —grité alterada,