El vértigo es una sensación curiosa. No te mata la caída, sino la anticipación del impacto. Y en ese momento, sentada frente a tres monitores de última generación instalados de urgencia en el salón del ático, yo estaba saltando al vacío por voluntad propia.
Habían pasado apenas catorce horas desde mi sentencia en la cocina. Catorce horas desde que sugerí asfixiar financieramente a la mafia rusa en lugar de responder con balas.
En la pantalla central, las gráficas bursátiles de las tres navieras