El trayecto hacia el puerto deportivo fue un borrón de luces distorsionadas por la tormenta. La lluvia golpeaba los cristales blindados del Mercedes con una furia implacable, pero el verdadero vendaval rugía en el interior de la cabina.
Miré mis manos, apoyadas sobre mis muslos. Temblaban con una vibración fina y constante. Hasta hacía un par de horas, mi mayor pecado había sido mentirle a mi madre sobre una beca universitaria y venderme a un magnate para saldar unas facturas. Ahora, acababa de