El crujido del plástico de alta resistencia cediendo bajo la fuerza de Alejandro fue el único sonido que rompió el sepulcral silencio del ático.
No hubo gritos. No hubo estallidos de furia inmediatos. Solo una quietud densa y asfixiante, el tipo de calma antinatural que precede a un huracán de categoría cinco.
Mi mente, que hasta hacía unos segundos calculaba márgenes de liquidez y estrategias de mercado con una frialdad clínica, se quedó en blanco. La imagen de Madame Corine, con el cañón de u