El rojo brillante sobre el blanco inmaculado de la pared me paralizó el corazón. No era una mancha accidental; era un rastro agónico, la huella desesperada de alguien que había intentado sostenerse antes de caer.
El sonido de los cristales rotos crujiendo bajo las botas tácticas de Alejandro fue lo único que rompió el silencio de la tercera planta. El aire, habitualmente impregnado de ese olor estéril a desinfectante y lavanda, ahora apestaba a hierro y violencia.
—Atrás. No te separes de mi es