El rugido simultáneo de los tres motores V8 resonó en el aparcamiento subterráneo, rebotando contra las paredes de hormigón como el gruñido de una bestia herida que se prepara para embestir.
Subimos al Mercedes Clase G blindado que lideraba la formación. El interior olía a cuero nuevo, a lluvia y al inconfundible aroma metálico del aceite de armas. Era la fragancia de la muerte empaquetada en lujo. Marcos pisó el acelerador y el vehículo salió disparado por la rampa, rasgando la noche con sus f