El trayecto de vuelta en el Mercedes blindado transcurrió en un silencio que pesaba como el plomo. Todavía podía oler la pólvora, el humo denso y la sangre fresca que habían convertido el aparcamiento subterráneo del nivel -3 en un matadero. Alejandro no me había soltado ni un solo segundo. Me mantenía apretada contra su costado en el asiento trasero, su brazo rodeando mis hombros con una fuerza posesiva que amenazaba con magullarme, pero que, de una forma enferma y retorcida, era lo único que