Las horas que siguieron a la orden de liberar los fondos se fundieron en un bucle agonizante de café frío, el zumbido constante de los servidores encriptados y el sonido de la lluvia castigando los ventanales del ático.
El tablero de ajedrez había cambiado. Habíamos entregado la reina blanca para ganar tiempo, pero en mi mente, el cronómetro corría hacia atrás con la velocidad de una guillotina en caída libre.
Estaba sentada en el suelo del salón, con la espalda apoyada contra las rodillas de A