Salir de la mansión Romanotti no fue un simple trayecto; fue un despliegue de poder que me dejó claro, una vez más, que mi vida ya no me pertenecía. Mientras bajaba las escaleras, el sonido de mis tacones contra el mármol parecía marcar el ritmo de mi ansiedad. Los gemelos me esperaban al pie, ambos vestidos con esmóquines hechos a medida que los hacían parecer deidades del inframundo. Félix, con el moño perfectamente recto y la mirada de acero; Luca, sin corbata, con un botón de más desabrocha