Todavía podía sentir el rastro del fuego de Luca en mis muslos y la presión dominante de Félix en mis hombros. El escritorio, que hasta hace unos minutos era el epicentro de un asalto sensorial, volvía a mostrar el mapa holográfico, cuyas luces parpadeaban contra mi piel desnuda. Me sentía como una reina guerrera en un altar de cristal, o quizás solo como una mujer que acababa de descubrir que el peligro es el mejor afrodisíaco del mundo.
Félix se separó lo justo para alcanzar su camisa, aboton