Capítulo 31

La pregunta flotó en el aire, cargada con la intensidad de la noche anterior. Esperaba una respuesta que sellara mi destino, tal vez una declaración más profunda sobre el triángulo que acabábamos de establecer, pero los Romanotti no eran hombres de rodeos ni de cursilerías.

Fue Félix quien cortó el momento, con su voz volviendo a ese tono de autoridad fría que siempre me ponía los nervios de punta.

—Ahora volvemos al trabajo, preciosa —dijo, levantándose con una elegancia letal—. Lo que pasó an
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