Mi mano se posó en el cierre del pijama de oso, pero no se movió. El metal frío era una burla contra la fiebre que me consumía. El acto de obedecer, de ceder ante esa orden silenciosa de deseo, se sentía como una rendición total, la demolición del último muro de mi autocontrol.
Félix estaba en mi espalda, pero sentí su aliento caliente contra mi hombro, esperando. Luca estaba a mi lado, la sombra de su cuerpo proyectándose sobre mí. La tensión era un animal vivo y hambriento atrapado en esa cam