El despertar llegó con una ola de sensaciones extrañas. Calor sofocante. Peso ineludible. Y un aire caliente que me acariciaba la nuca, acompañado por el agarre firme de un brazo alrededor de mi cintura.
Abrí un ojo con lentitud, solo para confirmar la realidad con la que había luchado toda la madrugada. Félix Romanotti estaba literalmente pegado a mi espalda. Me abrazaba como si yo fuera un objeto irremplazable que se negaba a soltar.
Su pecho musculoso y firme se movía al ritmo de mi propia re