Mi jadeo, esa confesión a quemarropa de que los quería a los dos, fue el interruptor que detonó la habitación.
Félix estaba detrás de mí, sosteniéndome. Luca, a mi lado, sonreía, pero sus ojos ya no miraban mi rostro; estaban fijos en mi cuerpo, consumiendo la imagen de mi piel expuesta.
Apenas un instante después de mi susurro, Luca se inclinó sobre mí. Su mano, que aún rodeaba mi muslo, subió lentamente, rozando el borde elástico de mis bragas.
—Bienvenida a la investigación de campo, tesoro