La mansión se sumió en un silencio espectral mientras subíamos las grandes escaleras. No era la paz de la noche, sino esa quietud tensa y anormal que solo se instala después de un terremoto. El aire seguía oliendo a adrenalina y a la promesa de un desastre inminente.
Yo caminaba en medio de los dos, sintiendo sus presencias como dos poderosos imanes: opuestos en su esencia, pero con una fuerza de atracción imposible de ignorar. Cada uno de mis costados era un mapa de peligro. Félix, a mi derech