El silencio que siguió a la declaración de Luca no fue vacío, sino un eco ensordecedor de paranoia. Estábamos inmersos en una capa de peligro que superaba con creces el ataque de los Maroni. Me sentía observada, expuesta.
Félix rompió el contacto visual conmigo y se dirigió a una pequeña mesa auxiliar, donde arrojó con violencia el teléfono desechable y el collar de pluma. Eran trofeos macabros en una cacería que acababa de empezar.
—El collar vincula a los Maroni, al viejo pacto de sangre —dij