Luca me ofreció la copa de vino como si fuera la manzana del Edén, con esa sonrisa que ya había identificado como su arma principal: el encanto sin límites, el caos absoluto. Al lado de Félix, que era la calma de un depredador antes de abalanzarse, Luca era el trueno que anunciaba la tormenta.
—¿No es un poco temprano para el apocalipsis? —pregunté, tomando la copa. El cristal se sintió frío contra mis dedos, pero su mirada de fuego lo compensó.
—Mi padre creía que el apocalipsis nunca es demas