Me guio por un pasillo que olía a madera vieja y lujo. Las paredes estaban cubiertas por cuadros en tonos oscuros, y cada paso hacía crujir el suelo con una elegancia intimidante.
—Mi hermano te está contando historias sobre el control —me dijo Luca en voz baja, asegurándose de que Félix no pudiera escucharnos—, porque él cree que lo tiene, pero la verdad, Abigail, es que no puedes controlar un tsunami. Solo puedes decidir si vas a montar la ola o si te vas a ahogar.
—Yo no quiero montar nada —