El zumbido constante de los motores del jet desapareció de mi mente. La pantalla de mi teléfono parecía quemarme las manos con las palabras que Santiago acababa de enviar.
La primera esposa de su padre. Su madrastra.
Levanté la vista. Adrián seguía inmerso en los gráficos financieros que destellaban en su tableta, ajeno a la bomba atómica que acaba de detonar en mi lado de la cabina. Él me había entregado el imperio, sí, pero su red de mentiras era un laberinto sin fin. Y yo me estaba cansan