La voz femenina que salió del altavoz no tenía el tono rasposo de un criminal de calle, ni la arrogancia vacía de Alejandro. Era una voz destilada en hielo, cultivada en los salones de la élite europea, y cortaba el aire con la precisión de un bisturí.
El silencio que llenó el pasillo tras su amenaza fue ensordecedor.
Miré a Adrián. Su postura se había vuelto rígida, como si estuviera hecho de granito puro. Ignoró la herida en su pie, por donde un fino hilo de sangre seguía manchando la madera.