El mundo entero se detuvo. El sonido del tráfico de Ginebra, la respiración de Adrián, el latido de mi propio corazón… todo desapareció, succionado por el vacío de la presencia del hombre que estaba frente a mí.
Mateo.
Sus ojos avellana, los mismos que había llorado frente a una lápida vacía hace tres años, me miraban con una devoción que me revolvió el estómago. No era un fantasma. La sangre corría por sus venas, su pecho subía y bajaba bajo ese traje italiano, y su sonrisa era tan real como l