El sonido del agua al estrellarse contra el concreto de la nave industrial de Queens marcó el inicio del caos más absoluto que jamás había presenciado en los ojos de mi esposo. El rey de las calles, el hombre que acababa de destrozar a la élite financiera del mundo sin parpadear, se quedó petrificado por una fracción de segundo ante el dictamen ineludible de la biología.
Otra contracción, aguda, salvaje y expansiva, me cortó la respiración. Un gemido involuntario escapó de mis labios, y eso fue