El pitido del monitor fetal dejó de ser una simple advertencia médica para convertirse en una marcha fúnebre que amenazaba con destrozar nuestra dinastía. Las líneas rojas se desplomaban en la pantalla, marcando cómo el corazón de nuestro hijo perdía la batalla por el oxígeno. El caos absoluto se apoderó de la sala de partos.
—¡El cordón está prolapsado y comprimido! —gritó el obstetra, su voz filtrándose a través de mi consciencia borrosa mientras las enfermeras corrían de un lado a otro con b