El tono de la llamada finalizó, dejando un silencio denso y eléctrico en el interior de la cabina del jet privado. La advertencia del Presidente del Directorio, Ramírez, seguía rebotando en las paredes de caoba.
Cuarenta y ocho horas. Ese era el tiempo que tenía para convencer a una mesa llena de lobos misóginos y multimillonarios de que una mujer joven podía sostener la corona de titanio que Adrián Varela había forjado con sangre. Si fallaba, liquidarían la empresa. El imperio que acabábamos d