El silencio en el ático era tan pesado que amenazaba con asfixiarme. La fotografía en blanco y negro temblaba entre mis dedos, sus bordes desgastados quemando mi piel como si estuvieran al rojo vivo. Isabel y el patriarca de los Varela. Juntos. Íntimos.
Adrián se acercó por mi espalda. Al ver la imagen sobre la mesa de obsidiana, su cuerpo se tensó de una manera antinatural. El aire abandonó sus pulmones en un siseo áspero que delataba un terror primario.
—¿De dónde demonios salió eso? —exigió,