El salón privado del Club Continental olía a madera de caoba y a tabaco negro. La lluvia golpeaba los cristales ahumados mientras yo me mantenía de pie, inamovible, frente a la imponente figura de Silas Thorne.
Era un hombre mayor, de postura impecablemente aristocrática. Llevaba un traje de tres piezas hecho a medida, y sus ojos grises eran dos cuchillas de hielo que me escrutaban desde la sombra de su sillón.
—Eres el vivo retrato de Isabel —murmuró Silas, dejando su vaso de cristal tallado s