El reloj de la sala de interrogatorios apenas marcaba las tres de la madrugada cuando las puertas de doble seguridad se abrieron de golpe. Clara Voss entró como una valquiria vestida de Prada, seguida por un juez federal al que habíamos sacado de la cama.
Clara no saludó a los detectives. Simplemente conectó la memoria USB que Adrián me había entregado directamente en el puerto del servidor de la mesa. En la pantalla del cubículo, el código fuente del audio que me incriminaba se desglosó instan