Lane caminaba con torpeza por los pasillos del hotel, su respiración entrecortada por la rabia y la humillación. Las lágrimas no corrían aún por sus mejillas, pero estaban a punto. Se sentía traicionada, acorralada, como una niña a la que le habían arrebatado el único juguete que quería.
Había caído en la trampa. Alexander la había utilizado, y Anne… Anne la había abofeteado delante de él. Aquella imagen se repetía una y otra vez en su mente como una herida abierta que no dejaba de sangrar.
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