El mismo día
Bagdad
Yassir
Dicen que el inicio del amor es una mirada cómplice, un gesto que dice más que mil palabras, esa conexión que acelera el corazón hasta desbordarlo. Pero en medio de esa locura, hacemos las cosas más irracionales: nos conformamos con una palabra correspondida, con un roce, con instantes que parecen eternos. Y así nos dejamos arrastrar por ese sentimiento, sin certezas, con el alma expuesta, latiendo en carne viva.
Y para mí no ha sido distinto, porque desde el primer instante quedé encadenado al verde de su mirada, a esa libertad que me seducía, y el beso fue como tocar las estrellas con la punta de mis dedos. Sublime, real y un veneno lento del que deseaba beber hasta la última gota. Por esa razón sentí la necesidad de conocerla, de poder verla a la hora que quisiera, pero tuve que conformarme con su nombre: Sara.
Y desde entonces, como cada mañana, aguardo ese momento para encontrarnos en el Khan Murjan Caravanserai, un lugar que se ha convertido en nuestro refugio, lejos del juicio de los demás, donde olvido quién soy y me convierto en esclavo de su mirada, de sus deseos, porque Sara se ha vuelto una adicción, donde mi corazón se estremece con su presencia. Sin embargo, estoy pagando un precio por ignorar las órdenes de mi padre, pues Sara, con su misterio, me tiene pendiendo de un hilo. Hasta ahora no sé dónde se hospeda, no sé cuándo escucharé de sus labios un adiós, cuándo simplemente se marchará, dejándome atrás y con el corazón hecho pedazos…
Hoy, como tantas otras mañanas, miro la hora por tercera vez, impaciente. Cada minuto es una eternidad. Camino de un lado a otro por los pasillos de piedra, el sol entrando a través de los arcos ilumina los mosaicos con destellos que me ciegan y me aceleran el pulso.
Un golpe seco me hace detenerme. La puerta se abre, pero no es ella. Es un niño que se esconde tras el marco, con los ojos grandes y nerviosos.
—¿Yassir? —averigua con un gesto de cabeza tembloroso.
—Soy yo. ¿Por qué me buscas? —respondo, arqueando una ceja, manteniendo la calma a pesar de que la tensión me recorre como electricidad.
—Tengo una carta para usted —anuncia, su voz baja y vacilante, casi un susurro.
—Dámela y márchate —respondo, intentando que mi curiosidad no se note en la voz.
—Debo esperar su respuesta —replica, bajando la mirada, inseguro.
Tomo la carta con manos firmes y siento un cosquilleo de anticipación. Leo las palabras de su letra:
"Hola Yassir, tuve una complicación personal. Podemos encontrarnos en Al-Kadhimiya Mosque a las 22:30 p.m. Si tienes otros planes, lo entenderé. Cuídate, Sara."
El corazón me late desbocado. Alzo la vista, y el mundo parece reducirse a la carta en mis manos, a la mujer que me tiene cautivo sin siquiera estar frente a mí.
—Estaré allí —respondo firme, pero con la respiración entrecortada.
No puedo evitar sentir un impulso de saber más, un deseo que lucha contra la paciencia:
—Antes de que te vayas, dime algo… ¿sabes dónde se hospeda la mujer que te dio esta carta? —pregunto, dejando que mis ojos reflejen interés y cautela.
El niño se sobresalta, un pequeño “¡Eh!” escapa de sus labios.
—Te pagaré por decírmelo —agrego, deslizando billetes en su mano—. No le ocurrirá nada, solo quiero saberlo.
Él titubea, sus ojos buscan en mí seguridad y verdad. Finalmente dice:
—No la conozco, se apareció en el mercado y me pidió el favor. Es todo lo que puedo decirle —dice el niño, evitando mi mirada.
—Pero tienes que entregarle la respuesta… ¿cómo lo harás? —pregunto, conteniendo la impaciencia que quema en mi pecho.
—Me llamará al local de mi padre —responde, nervioso.
Asiento, conteniendo la frustración que quema mi pecho. Lo veo irse, sus pasos resonando en el corredor mientras dejo que la carta vuelva a mis manos.
Unas horas más tarde
Me apresuro a recorrer los pasillos de la casa. Entonces, la voz de mi madre me alcanza desde atrás, firme y cargada de reproche.
—Hijo… no te vi a la hora de la cena —dice, con ese tono que mezcla preocupación y autoridad, sus ojos fijos en mí desde la distancia.
Me detengo, conteniendo el impulso de alejarme. Giro levemente la cabeza.
—Estaba ocupado con el trabajo, madre… —respondo, intentando que mi voz no traicione la irritación que siento—. ¿Para qué me necesitabas?
Se acerca un paso, sus manos cruzadas sobre el delantal, mirada severa que busca atravesarme.
—No es justo lo que haces con tu padre —replica, con la voz temblorosa por la mezcla de enojo y desazón—. Traes desgracia a nuestra casa con tu irrespeto, con tu terquedad de no querer una esposa, de no formar una familia.
Siento cómo cada palabra quema, como si cada reproche fuera una pequeña daga.
—Mi padre te ha mal informado —digo, apretando la mandíbula—. Nunca le dije que no me casaría. Lo haré… pero con la mujer que yo elija, con aquella dueña de mi corazón.
Su expresión se endurece, los labios apretados y la respiración contenida.
—Para algo están las tradiciones —susurra, con voz grave—. Yo estuve charlando con algunas candidatas, mujeres respetables y de buena familia, que saben cómo ser una esposa obediente…
Doy un paso atrás, con la cabeza levantada, las manos tensas a los costados, y replico con firmeza:
—Pierdes tu tiempo, madre. No cederé. Y si mi padre quiere desconocerme como su hijo, que lo haga… que me lo diga a la cara, para marcharme lejos, donde no me alcance su malestar.
Ella suspira, y sus ojos brillan con una mezcla de miedo y dolor.
—Cometes un error, hijo… ojalá no caiga la furia de Ala sobre ti…
Me giro lentamente para alejarme.
—Buenas noches, madre. No me esperes despierta.
Y con estas palabras cruzo la puerta de la casa.
Un rato después
La noche cubre la mezquita Al-Kadhimiya Mosque, camino entre los pilares de piedra iluminados apenas por las lámparas de aceite y la luz de la luna, y ahí está ella a un costado de la entrada. Mi corazón se acelera antes de que pueda acercarme, y por un instante siento que el mundo entero se detiene.
No me atrevo a rozar su mano; me detengo a unos pasos y le regalo una sonrisa sincera, esa que dice todo lo que no podemos pronunciarnos en voz alta. Sus ojos verdes buscan los míos, y por un instante olvido las normas y la distancia que nos separa.
—Omri no sabes cuánto me moría por verte —hablo, con la voz entrecortada, avanzando unos pasos hacia ella—, por escucharte, por sentir que estás aquí…
Ella ladea la cabeza, su respiración temblorosa y sus labios dibujando una curva que me quema el alma.
—Es recíproco Yassir —responde, y cada sílaba enciende algo en mí que no puede apagarse.
Caminamos juntos unos pasos, pero por más alegría por volver a verla que siento, no puedo aplacar este miedo arraigado que crece cada día de no saber que esperar de ella.
—Hasta cuándo, Sara… —susurro, dejando que mis palabras cuelguen en el aire nocturno—. Hasta cuándo estos secretos, hasta cuándo no me dejas entrar de verdad en tu vida…
Ella baja la mirada, mordiéndose el labio inferior, y responde con un hilo de voz:
—No me pidas más…
Pero no puedo contenerlo; la mezcla de deseo y desesperación quema en cada palabra:
—Es que no entiendo lo que soy para ti… —digo con urgencia—. Tampoco me conformo con momentos, con miradas fugaces…con esto que tenemos
—Eso suena a reproche.
—Suena a verdad. Suena a miedo… —respondo.
Ella frunce el ceño, como si algo dentro de ella temblara.
—¿A miedo? ¿Por qué?
Respiro hondo, y las palabras salen desnudas:
—Porque no sé si un día te marcharás del país sin despedirte, porque temo que escondes problemas de los que no me hablas… porque lo que más me aterra es perderte.
—¡Yassir…! —exhala, y su voz me deja prendido de sus ojos.
—Sara, me tienes cautivo. Necesito que des un paso más conmigo… aunque sea decirme dónde vives, hablarme de tu mundo, de tus amistades.
Ella suspira, como si soltar un secreto la desgastara.
—Trabajo como traductora para una empresa inglesa. Me hospedo en la casa de una pareja de amigos… Y no —sacude la cabeza con firmeza—, no puedo darte la dirección. Son muy tradicionales; si supieran de ti, no dejarían de hablarme del Corán, de los designios de Alá… y tantas cosas más.
Hace una pausa, como si me midiera.
—¿Contento?
—Todavía no… —mi voz tiembla, cargada de deseo contenido—. Me muero por besarte, por abrazarte. ¿Vamos a nuestro refugio?
El silencio se estira entre nosotros. No se mueve, no responde, solo me observa con esa mezcla de dulzura y distancia que me desarma, pero me pregunto si he hecho bien al desnudar así mi corazón… o si con mi sinceridad acabo de empujarla un paso más lejos, pues, aunque no lo digo, aunque lo guardo con todo el peso de mi alma, me muero por hacerla mía.