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Jugando con fuego (3era. Parte)

El mismo día

Bagdad

Sara

Los enemigos son peligrosos, sí, pero más lo es cuando la traición viene de tu propia sangre. Esa que sonríe contigo en la mesa, que comparte tu pan y tu techo, y aun así es la primera en clavar el cuchillo cuando bajas la guardia. Es un veneno lento, invisible, porque no llega de frente: se arrastra en silencio, se esconde en gestos cotidianos, en consejos disfrazados de afecto.

La peor amenaza no es la que marcha contra ti con la espada en alto, sino la que se sienta a tu lado con la mirada dócil, esperando el momento de exponerte. Quien te odia, al menos no finge. Pero cuando la traición proviene de los tuyos, ya no hay certeza, ya no hay suelo firme donde apoyar los pies.

Por eso aprende a vivir con los ojos abiertos y los oídos atentos, sin confiar en el eco de las palabras suaves ni en las sonrisas que parecen inofensivas. Una sonrisa puede ser advertencia, puede ser un arma a metros de distancia, y quien no lo entienda está condenado a caer en la trampa. Recuerda que la sangre une, sí… pero también esclaviza, vigila, hiere. Y nada resulta más desgarrador que aceptar que a veces es mejor temer a tu sangre que al enemigo declarado.

Y tal vez exageraba, pero Latifa con esa sonrisa afilada y sus maneras solapadas era una enemiga declarada. No necesitaba levantar la voz: su veneno estaba en cada palabra que pronunciaba con dulzura fingida, en la mirada que lanzaba como si afilara cuchillas. Sabía que, en cualquier instante, haría lo imposible para que me castigaran.

Ahí estábamos en el pasillo, frente a la mirada curiosa de la abuela, nos observaba expectante, esperando una respuesta que me negara o me salvara. Entonces, la araña escupió su mentira.

—Abuela… nunca discutiría con Sara —dijo Latifa, fingiendo indignación, y acto seguido se prendió de mi brazo con una sonrisa falsa que me revolvió el estómago—. Lo que sucede es que me decía que necesita vestidos, velos nuevos… lo que tiene ya están gastados, como los míos.

El veneno iba acompañado de ese gesto suyo, suave, como si quisiera aparentar complicidad, cuando en realidad buscaba arrastrarme al fuego.

—Hija, sabes que puedes pedirme con confianza lo que desees —respondió la abuela con su voz dulce, cargada de ternura.

Yo solo asentí, clavando las uñas en la palma de mi mano para contener la rabia que me consumía. Sentía el calor subirme al rostro, la respiración pesada en el pecho. No quería darle a Latifa el placer de verme perder el control.

—Lo sé, abuela —murmuré en voz baja, con un nudo en la garganta, mientras mi mirada seguía atrapada en la de Latifa, que sonreía como si ya hubiera ganado la batalla.

A todo esto, lo que realmente me preocupaba no eran los regateos de los vendedores ni las miradas de Latifa, sino cómo escaparme, aunque fuera un instante, para correr a los brazos de Yassir. Cada paso en el mercado era un tormento: el ruido, los pregones, el roce de la gente me parecían cadenas. Yo fingía interés en las telas, en los velos, mientras mis ojos buscaban con desesperación esa grieta, ese descuido que me permitiera huir.

Cuando estaba a punto de rendirme, la araña de mi prima se detuvo a contemplar pulseras y cadenas de oro, brillando bajo las lámparas como si le pertenecieran. Aproveché ese momento: me escabullí con el corazón en la boca hasta un puesto vecino, donde un niño llamado Amaral me miró con ojos curiosos. Con manos temblorosas le entregué una carta para Yassir. El pequeño dudó, hasta que deslicé en su palma unos billetes que guardaba para mis velos nuevos. Solo entonces asintió, guardando mi secreto como si fuera un tesoro.

Pero lo más difícil no fue en el mercado, sino en casa. Escabullirme por los pasillos hasta la entrada fue una proeza. La última campana del rezo había sonado y yo sabía que el abuelo Osman estaría en su despacho, disfrutando de su té antes de dormir. Conocía de memoria la rutina de todos, incluso la de los sirvientes, y aun así el miedo me apretaba el pecho. Con el corazón bombeando a toda máquina, abrí la puerta principal y me deslicé al exterior. La brisa fresca de la noche golpeó mi rostro y me obligó a contener un suspiro de alivio. Caminé por las calles aparentando calma, la cabeza erguida, los pasos seguros. Nadie sospecharía de una extranjera con el atuendo correcto.

Lo cierto es que llegué al lugar donde había citado a Yassir. Y ahí, en vez del refugio que tanto anhelaba, me encontré con sus reclamos. Su voz, cargada de dudas y temores, me golpeó como un muro. Me sentí acorralada. No supe cómo responder, así que le mentí: sobre mi vida, mi trabajo, hasta sobre dónde vivía. Lo deseaba con toda el alma, deseaba abrirme, contarle quién era en realidad. Pero ¿cómo hacerlo sin que me repudie? ¿Sin que me mire con desprecio?

Porque, al fin y al cabo, yo no era más que el producto de un misterio sucio: una aventura, una violación, un engaño… ni yo misma lo sabía. Y a esas alturas estaba cansada de buscar lógica a lo que no la tenía. Había aceptado ser la vergüenza de mi familia. Así que lo mejor era que Yassir siguiera creyendo en la mentira: que yo era una extranjera, con una vida perfecta.

Al final, Yassir me ha acorralado con su deseo de marcharnos un momento a nuestro refugio, pero por más que quisiera estar a solas con él, no puedo ausentarme tanto tiempo de la casa, sería tentar a mi suerte. Pero esa mirada, tan intensa, tan profunda, hace que cada excusa se me desmorone en la boca. Muerdo mi labio, nerviosa, el corazón latiendo como si fuera a delatarme en voz alta, cuando su voz rompe el silencio cargado de tensión.

—Sara no quiero que malinterpretes mi propuesta, solo quiero robarte un par de besos inocentes.

Su tono bajo, casi un susurro. Trago saliva, intentando resistir la sonrisa que se me escapa, pero al final suelto la réplica con picardía.

—Los besos no tienen nada de inocentes, menos los tuyos…

Él se toca el cuello nervioso, como si buscara contener algo que se desborda. Su respiración se acelera, y me mira con esa mezcla de ansiedad y deseo que me desarma.

—Lo confieso, las últimas veces me descontrolé un poquito, pero no soy de acero, Omri… no puedo serlo cuando tú me tienes atrapado en cuerpo y alma, no cuando el dulce néctar de tus labios me lleva al paraíso…

Su voz tiembla en la última palabra, y me quema por dentro.

—Y ahora me seduces con tus palabras, con esa mirada intensa que busca derribar cualquier muro.

—No te seduzco, abro mi corazón que clama por sentir a su dueña.

Mis manos tiemblan, y siento el calor subirme al rostro. Giro la mirada para ocultar mi debilidad, pero mi voz me traiciona en un murmullo.

—Es un poco tarde, será mejor marcharme.

Él se inclina un poco más, lo suficiente para que su aliento roce mi mejilla y me obligue a cerrar los ojos.

—Tienes miedo de que te lastime, de que me propase contigo, pero no haré nada en contra de tu voluntad, solo un beso Sara.

Un momento después

Débil. Esa es la palabra que me define en este instante. Porque no pude negarme, no pude apartarme. Todo lo contrario: anhelaba sentirlo. Anhelaba el roce de su aliento en mi rostro, sus manos fuertes aferrándose a mi cintura, su boca reclamando la mía con urgencia. Y ahora aquí estamos, en nuestro refugio secreto, donde la noche nos envuelve con su manto cómplice.

Su lengua despierta un incendio en cada rincón de mi cuerpo, y mis piernas apenas sostienen la avalancha de sensaciones. Sus brazos me aprisionan con ternura y fuerza al mismo tiempo, como si temiera perderme. Cada beso es más voraz, más húmedo, más desesperado.

De pronto, sus manos descienden despacio por mis muslos. El rubor me invade junto al deseo, la tensión se mezcla con un nudo en mi estómago. Todo arde, todo tiembla. Apenas logro reaccionar, y con la mano temblorosa coloco una barrera en su pecho.

—No puedo seguir… —digo con voz agitada, la respiración entrecortada.

Él me mira fijamente. Sus labios entreabiertos, sus ojos cargados de fuego, la respiración tan desbordada como la mía.

—Debo marcharme, es tarde.

La decepción se le escapa en un gesto breve, apenas un destello en su rostro. Pero enseguida acaricia mi mejilla con suavidad, como si quisiera calmarme.

—Te acompaño, aunque sea unas calles más adelante. No es bien visto que camines sola a estas horas. Por favor, estaría más tranquilo.

Un momento más tarde

No pude negarme, me desarmó con su argumento, pero al menos logré convencerlo de no acompañarme hasta la puerta de la casa. Tres calles atrás le aseguré que ya estábamos a unos pasos de donde me hospedaba y se conformó. Apenas se alejó, apuré mis pasos, el corazón golpeando fuerte, ansiosa por llegar antes de que alguien notara mi ausencia.

Al fin me detuve frente a la pesada puerta de la casa de mis abuelos.

Y ahora todo cambia. El pulso me retumba en los oídos mientras giro la aldaba con cuidado, apenas respirando, y empujo la madera para entrar. El silencio es espeso, me envuelve como una amenaza. Camino de puntillas por el pasillo, cada crujido del suelo parece un grito que me delata. Avanzo pegada a la pared, temiendo que cualquier sombra me atrape.

Entonces, las voces. Voces en medio de la madrugada. Me congelo, los músculos tensos, los ojos muy abiertos. No es una conversación cualquiera, lo sé en cuanto capto el tono.

—Huda, sigo preocupada por Sara —la voz de Latifa resuena suave, casi maternal, como si realmente sintiera un desvelo por mí—. El resto del día estuvo ausente después del pequeño incidente con mis abuelos en el comedor… y no sé, me preguntaba cómo ayudarla.

El pecho se me oprime. Esa dulzura fingida me enciende las alarmas.

—Latifa, deberías estar durmiendo a esta hora, no paseándote por los pasillos —responde Huda, cansada pero firme—. Tampoco es el momento para estas charlas.

—Ya te dije que no podía dormir. Me inquieta la suerte de Sara… —Latifa hace una pausa calculada, y su voz se tiñe de interés—. Pero tal vez tú puedas decirme qué sucedió con su padre.

Me paralizo. El aire se corta en mi garganta.

—¿Cómo ese hombre manchó el honor de la familia? —continúa Latifa con un tono tan medido que parece una plegaria, aunque debajo late la insistencia de quien quiere arrancar una verdad—. ¿Está preso? ¿Huyó el cobarde? ¿O murió?

Mi estómago se revuelve, las palabras me atraviesan como un veneno lento. No hay compasión en su voz, aunque la disimule. Lo que busca no es consuelo ni respuestas por mí… sino la verdad escondida, el secreto de mi nacimiento.

Aprieto los puños en la oscuridad, uñas clavándose en la palma, el corazón martillando enloquecido. Y me asalta una duda feroz: ¿Qué pretende conociendo la historia de mi nacimiento? ¿Qué está maquinando la araña venenosa?

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