El Anciano Gylfi, un hombre que toda su vida había encontrado refugio en los libros y la seguridad del Consejo, ahora cabalgaba a través de la noche como un espectro. El frío de la montaña era su aliado y su enemigo. Envuelto en ropas de comerciante y con el rostro oculto, se había convertido en el mensajero más improbable de la historia del reino.
La ruta hacia Viridia era tortuosa. Borin le había marcado el camino menos transitado: seguir el "Río de Piedra", un afluente salvaje que corría cerca de la frontera de las Tierras Medias. El viaje duró más de diez días, un infierno de soledad, dolor físico y paranoia constante. Gylfi, que nunca había dormido fuera de un colchón de plumas, ahora se acurrucaba bajo los árboles, escuchando el aullido del viento y el crujido de la nieve, convencido de que cada sombra era un cazador de Freyja.
Su única compañía era el pergamino de Uf, cosido a su túnica, y el recuerdo de la mirada de Christina. Cuando el miedo lo amenazaba con paralizar, record