El silencio que dejó la partida de la legión de Viridia era una losa pesada sobre los hombros de Wolf. Mientras observaba el último rastro de las antorchas de Kyrus desaparecer en la espesura, el rey sintió que una parte de su alma se marchaba con Christina y Astrid. Sin embargo, no había tiempo para el luto por la ausencia. El viento del norte traía consigo el olor a hierro y a nieve pisoteada; Freyja no tardaría en reorganizar a sus cazadores tras la humillación sufrida en el desfiladero.
Wolf se giró hacia Jade, quien permanecía inmóvil, con la mirada clavada en el suelo rocoso. El guerrero lince parecía una sombra de sí mismo, consumido por una tormenta interna que su máscara de frialdad ya no podía ocultar. Borin se acercó a ellos, limpiando la sangre de su hacha con un trozo de cuero viejo, pero se detuvo al notar la tensión eléctrica que emanaba de Jade.
—Mi madre no se detendrá, Wolf —comenzó Jade, con una voz que temblaba levemente por el resentimiento acumulado—. Hjordis ya