El sol de la tarde bañaba las murallas de piedra blanca de la ciudad de Viridia con un tono dorado que Christina no había visto en años. Tras tres largos meses de viaje a través de pasos nevados, bosques espesos y llanuras interminables, el carruaje escoltado por la legión finalmente cruzó las puertas principales del reino. El aire aquí era diferente al de la montaña; era más cálido, cargado con el aroma de la tierra fértil y el salitre del mar cercano, un recordatorio constante de que estaba