Wolf, Christina y Astrid se inclinaban sobre el mapa. El cuerpo de Wolf se sentía restaurado, sus heridas superficiales curadas por los ungüentos de Borin, pero su alma seguía en carne viva. Llevaba una mano a su costado, no por el dolor de la herida, sino por el recuerdo de Gorok y, peor aún, el recuerdo de Kael.
—No más dolor, Wolf. No más Kael —dijo Christina, su voz era un hilo de seda firme, la mano que detuvo los dedos de Wolf sobre el mapa era pequeña, pero su autoridad, inmensa—. Freyja