Mientras el fragor de la batalla liderada por Wolf contra las fuerzas de Freyja resonaba en el valle inferior como un trueno lejano, Jade avanzaba por los pasadizos de piedra tallada del santuario de los ancianos con una determinación que nunca antes había poseído. Los guardias de élite del clan lince, guerreros que habían servido a su familia por muchos años. Se tensaban a su paso, desconcertados por la intensidad que emanaba de su mirada. Había algo en su porte que exigía respeto, una autoridad que no nacía del miedo, sino de una verdad interna finalmente aceptada.
Jade llegó al balcón principal, un mirador colgado sobre el abismo desde donde se podía observar la vastedad de la montaña. Allí, Hjordis permanecía de pie, inmóvil como una estatua de hielo, observando el campo de batalla inferior con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos. Ella ya había desplegado a sus arqueros en las crestas superiores, esperando con paciencia de depredadora el momento exacto en que tanto las fu