El estruendo de los cuernos del clan lince, ahora resonando con una armonía que solo la verdadera lealtad puede producir, cambió la atmósfera del campo de batalla en un solo instante. Wolf, que se encontraba en el corazón de la melé cerca del puente de piedra, sintió cómo la presión sobre sus flancos desaparecía de repente. Al levantar la vista, vio a los guerreros de Jade descender por las laderas como una marea plateada, ya no buscando el caos, sino golpeando con precisión quirúrgica las líneas de retaguardia de los cazadores de Freyja. La traición que la usurpadora había planeado junto a Hjordis se había vuelto un arma de doble filo que ahora cortaba profundamente su propio ejército.
Freyja, montada sobre su corcel oscuro en la colina que dominaba el paso, vio con horror absoluto cómo su ventaja numérica se evaporaba. No podía comprender cómo Jade, a quien siempre había considerado un peón débil en las manos de su madre, había logrado unificar al clan más dividido de la montaña. Su