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3: Lo Hago por mi Familia

Lo Hago por mi Familia.

Es increible como la vida puede cambiar en un segundo… “Acepto”. Esa unica y simple palabra fue la que me trajo hasta este momento.

Congelada frente al espejo y con el corazón a punto de salirse de mi pecho, miro mi reflejo estudiando cada una de las lágrimas que corren por mis mejillas, al tiempo que le ruego a Dios porque me salve de esta situación.

Ya estaba vestida, mi equipaje estaba hecho, pero yo no quería irme, no quería dejar mi vida por seguir los pasos de un hombre por el que depende el sustento de mi familia. Digo, lo hago por ellos, pero resultaba imposible estar bien sabiendo que me alejarían de mi hogar.

Salgo del baño cuando logro alcanzar un poco de valor y mi madre llama a la puerta antes de adentrarse en mi pequeña habitación.

—Cariño… haz estado llorando. —Afirmó ella con expresión lastimera.

—No… Quiero decir, sí. Pero estoy bien, ya pasó. —Miento bajando la mirada.

—Mi niña… no tienes que hacer esto si no quieres. —Instó ella envolviéndome con sus brazos.

Un abrazo que necesitaba, que me hizo sentir protegida, pero que también me destrozó el alma porque quizá sería el último en mucho tiempo.

—Debo hacerlo, papá necesita su tratamiento… —Musité entre sollozos. —Además, esto será bueno para toda la familia, por fin podrán salir adelante… Es por el bien de todos. —Agregué más para infundirme ánimos a mí misma que para convencerla.

—¿Pero…? —Inquirió ella cortando nuestro abrazo para verme a los ojos.

—Pero tengo miedo, miedo de él… Sé que con ustedes se ha portado como un caballero, solo que su reputación, es más pesada que lo que hemos conocido de él hasta ahora.

—Querida, sabes que todos hablan mal de sus jefes y los obreros de la finca no son las personas más empáticas cuando hablan del patrón.

—Si le temen es por algo. Él es frío, odioso, engreído, posesivo, dominante… Podrá ser viudo y todo lo demás, pero eso no lo ha detenido para seguir siendo un mujeriego que cree tener el mundo a su disposición con su complejo de “todo poderoso”.

—Tienes razón, quizá estés en lo cierto. El señor William siempre ha sido muy complicado, antes de esta vez solo lo vi un par de veces mirándonos trabajar desde su balcón en la quinta, su altivez y prepotencia es aterradora. Aun así, te pagará la maestría en Literatura que siempre has deseado, es tú oportunidad.

—No lo sé… —Comencé a decir cuando el chirrido de la vieja silla de ruedas de mi padre por el pasillo me obligó a guardar silencio.

Mi padre no debía saber que no quería irme porque de saberlo haría que me quedase y no puedo hacerlo, él necesita sus medicamentos y más ahora que debe empezar sus quimioterapias. Me necesita, necesita el dinero, necesita seguir con vida y yo haré todo lo que de mi dependa para retribuirle todo lo que él dio por mí en sus mejores años.

—Lenita… —Pronunció el sobrenombre que él mismo me puso al nacer. Una vez más mi corazón estalló en pedazos, pero me mordí el labio para no sollozar. —El chofer está afuera esperan… —Comenzó a decir, pero al verme lagrimear enmudeció.

—Si papá ya salgo, solo me despedía de mamá. —Bisbisé con la voz rota.

—No llores, Lenita… No tienes que ir si no…

—No papá, está bien. Quiero hacerlo… —Forcé una sonrisa, aunque mis lágrimas se multiplicaron a la par de mi voz que aun más rota. —Es solo que los voy a extrañar muchísimo. —Aclaré en un sollozo.

Me acerqué a él y me arrodillé para abrazarlo con toda la fuerza que me quedaba y acto seguido, mi madre también se unió a nuestro abrazo. Ahora sí, era el último porque él chofer sonó la bocina del auto un par de veces.

Así que, con un último beso de mis padres en la frente, tomé mi maleta, inspiré hondo para recobrar la calma y salí de la casa, mi refugio, el hogar que me vio crecer, mis padres se quedaron en la puerta diciéndome adiós. El chofer subió mi maleta al portaequipaje, me abrió la puerta, le lancé un beso a mis padres.

—¡¿Bendición?! —Exclamé mientras en mi cabeza me exigí no romper en llanto una vez más.

—¡Dios te bendiga hija! — Exclamó mi mamá.

—¡Dios te cuide pequeña! —Secundó mi padre.

Y así, subí al auto y el chofer arrancó, dejando a mis pilares, a mis héroes, a mi razón de seguir con esto, atrás.

(***)

Al llegar al aeropuerto, el chofer aparcó el auto en la pista VIP donde William ya nos esperaba de brazos cruzados junto a al pie de la escalera de su jet privado.

—Debíamos salir hace cinco minutos… —Espetó con su tono frío. No gritó, pero su mirada me calcinó viva.

—Lo siento señor, no fue mi intención…

—Solo sube al avión. Sabes que no tolero la impuntualidad y mucho menos las excusas. —Ordenó haciendo un gesto con su cabeza.

Solo me limité a asentir con el torrente de emociones que se acumulaban en mi interior en ese momento: La tristeza por dejar a mi familia y mi hogar, los nervios porque nunca antes había viajado sola y mucho menos en un avión. Pero, había una emoción más en mi interior, algo ardiente y desconocido que no había sentido antes. Siempre que estoy cerca de William esa sensación se apodera de mi corazón.

Mi pulso se acelera, mi boca se seca y las palabras parecen abandonar mi cabeza, dejándome paralizada y sin habla, pasmada ante su imponente altura y complexión exquisita, algo que no se ve nunca en mi pueblo

Y fue así, como por andar de tonta y distraída, al subir los primeros escalones de la escalera del jet, una de mis sandalias se atoró y una de sus correas desgastadas se rompió, haciéndome tropezar y caer de espaldas. Grité por inercia, todo sucedió tan rápido, pero yo lo vi en cámara lenta.

Al desplomarme elevé mis brazos queriendo sujetarme de algo. Fue entonces que alguien me atrapó envolviéndome con sus brazos, recibiendo el impacto que no lo movió ni un milímetro. Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, diría que un centinela de titanio me atrapó, pero al plantar mis pies en el suelo y darme la vuelta sin apartarme de su agarre, lo vi.

William, mi jefe con carácter de hielo y músculos esculpidos, me observaba fijamente con sus ojos de un azul tan profundo como el mar mediterráneo, un mar que se veía gélido y peligroso, pero que también despertó una curiosidad en mí que me gritaba desde lo más profundo de mi ser que me lanzara a sus aguas. En silencio estudié cada milímetro de su perfecto rostro, su mandíbula de acero con sus vellos dorados y cortos dotándolo de un brillo sublime, sus labios rosa fuertes estaban ligeramente curvados naturalmente, como si una sonrisita picara me invitara a probarlos, su nariz y pómulos afilados parecían tallados en mármol pulido y su perfume… Ese aroma amaderado y cítrico hizo que me temblaran las piernas, generándome una obsesión instantánea que provocaba en mi un impulso animal por lamer cada centímetro de su cuerpo. Olía a gloria infinita y deseaba probarla sin importar como supiera.

—Helena… —Musitó él en un gemido suave.

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