El aeropuerto JFK estaba abarrotado aquella mañana de sábado, como si media ciudad hubiera decidido huir de la tormenta que se avecinaba. Las gotas de lluvia se escurrían por los cristales de la terminal, formando pequeños ríos que se deslizaban hacia el suelo como lágrimas perezosas. William caminaba a mi lado con el paso firme y la mirada perdida en el horizonte, arrastrando una maleta pequeña que apenas parecía contener lo necesario para un viaje que podía durar días o semanas. No sabíamos c