El día amaneció con un cielo despejado y un aire templado que presagiaba el inicio de una jornada aparentemente normal. Los cristales del edificio central de la empresa brillaban con fuerza, reflejando el sol que se deslizaba como un pincel dorado sobre los ventanales. La ciudad bullía con su ritmo cotidiano, pero en el interior del décimo piso, las miradas, los silencios y las respiraciones contenían un secreto que solo dos personas conocían.
Jimena llegó temprano, como siempre, con su andar e