El tic-tac del reloj de pared parecía retumbar en la oficina de Jimena como una cuenta regresiva hacia la locura. Afuera, la ciudad vibraba con su ruido habitual, pero allí dentro, entre paredes de cristal y madera noble, sólo existía el eco de su respiración entrecortada, los latidos acelerados de un corazón que se negaba a obedecer a la razón.
Jimena caminó hasta su ventana, buscando un poco de aire. La reunión había terminado hacía quince minutos, y aún sentía el perfume de Tiago impregnado