La noche había caído con una lentitud exasperante sobre la ciudad. Los ventanales de la torre empresarial reflejaban las luces titilantes del tráfico, como si el tiempo hubiera querido quedarse atrapado entre cristales y asfalto. Jimena caminaba con paso firme por el vestíbulo, su bolso colgando del brazo y su blazer bien acomodado sobre los hombros. Su rostro, sereno pero contenido, no dejaba entrever el torbellino que le ardía por dentro.
Tiago había salido por otra puerta, minutos antes, sin