Las agujas del reloj seguían dando vueltas, como la cabeza se Jimena. Pero eso no significaba que podía parar de trabajar.
La sala de juntas estaba inundada de luz natural. Las paredes de vidrio reflejaban la imponencia del edificio, mientras los altos ejecutivos tomaban asiento alrededor de la gran mesa de roble oscuro. Jimena, con su porte firme y elegante, revisaba unos documentos sin levantar la vista, como si nada pudiera perturbar su concentración. El silencio se rompía solo por el roce