El aroma del café recién colado se expandía por el elegante apartamento, mezclándose con el sutil perfume de Jimena, que parecía más intenso en el aire quieto. La taza humeante entre sus manos le temblaba apenas mientras fingía observar el cuadro minimalista colgado frente a la barra. A su lado, Tiago servía huevos revueltos con una destreza que desentonaba con la provocadora imagen de su cuerpo vestido solo por unos bóxers oscuros y una sonrisa peligrosa.
—No deberías estar cocinando así —dijo