Después de que todo quedó firmado, sellado y convenientemente silenciado, Anderson se quedó unos minutos a solas con los Kayser lejos del orfanato. No fue una petición. Fue más bien una pausa estratégica.
Se quedaron en una sala pequeña en el hotel, con cortinas gruesas y las luces sombreadas. El bebé dormía en brazos de la señora Kayser, ajeno a que su destino ya estaba siendo utilizado como pieza clave de un juego que no entendería durante muchos años.
—Hay algo más —dijo Anderson, rompiendo