Anderson salió de la mansión esa noche con una certeza clavada en el pecho. No fue rabia concreta lo que sintió, mucho menos nostalgia. Era algo más intensó más frío: un cálculo que ya no podría negar.
Sabía que el hijo de Isabelle estaba en ese orfanato. Lo había sentido desde el momento en que ella regresó sin un bebé en brazos, con los ojos rotos y la voz contenida. Isabelle jamás habría regresado sin proteger su secreto y protegerlo solo podía significar una cosa: ¡Dejar al niño donde creyó