Alejandro e Isabelle llegaron al despacho de la mansión, donde Anderson ya los esperaba, impecable como siempre, con su mirada calculadora fija en ellos. En cuanto Isabelle entró, la tensión se hizo palpable. No era solo la presencia de Anderson, sino la sensación de que había mucho más detrás de todo esto, cosas que Isabelle preferiría no saber, pero que, por alguna razón, el destino parecía empujarla a enfrentar.
Alejandro se adelantó, con esa determinación que solo la desesperación puede dar. Sabía que la conversación con Anderson no sería fácil, pero ahora tenía un propósito claro: salvar el nuevo futuro de su empresa y por encima de todo, recuperar la familia que había estado a punto de perder por un largo año.
—Anderson —dijo Alejandro, su voz firme, pero sin esconder la fatiga que lo dominaba—. He decidido no vender la empresa. ¡Ya no hay trato! No habrá transacción contigo y los socios de la empresa.
Anderson, que estaba reclinado en la silla, levantó una ceja, como si la noti