Alejandro e Isabelle llegaron al despacho de la mansión, donde Anderson ya los esperaba, impecable como siempre, con su mirada calculadora fija en ellos. En cuanto Isabelle entró, la tensión se hizo palpable. No era solo la presencia de Anderson, sino la sensación de que había mucho más detrás de todo esto, cosas que Isabelle preferiría no saber, pero que, por alguna razón, el destino parecía empujarla a enfrentar.
Alejandro se adelantó, con esa determinación que solo la desesperación puede dar