Alejandro apenas había rozado el papel con la pluma cuando la puerta de su oficina se abrió de golpe. El mayordomo, pálido y sudando nerviosamente, se detuvo en la entrada a la oficina. —Señor Helmont… —tragando saliva—. Su esposa, la señora Isabelle ha regresado. Está presente en la mansión.
La pluma se soltó de entre los dedos de Alejandro. El sonido seco del bolígrafo cayendo al piso rebotó en la sala como un disparo. Alejandro no lo pensó un segundo y sin respirar simplemente se levantó de un salto, la silla golpeó el piso atrás y él salió corriendo sin más explicaciones o largas.
Anderson se quedó ahí, helado durante varios segundos. El impacto fue tan violento que su control habitual se quebró. Cuando la puerta se cerró tras Alejandro, él apretó los puños. —¡Maldita sea! —escupió, golpeando el escritorio con furia contenida—. ¡Tenía que volver justo hoy! ¡Maldita seas Isabelle! —exclamó con violencia.
Caminó en círculos, frustrado, respirando rápido y de pronto se detuvo. Exalta