El asfalto de la exclusiva zona residencial de la ciudad pareció temblar cuando el motor del deportivo de Andrew Kayser, un rugido de ingeniería alemana y desprecio, cortó el silencio de la tarde.
El vehículo, de un negro tan profundo que absorbía la luz del sol, se detuvo frente a la mansión Anderson con la precisión de un bisturí. Andrew no bajó de inmediato. Se quedó tras el volante, observando la arquitectura neoclásica de la casa de su progenitor.
Para el mundo, esa propiedad era un símbol