El camino hacia el hospital se volvió un borrón entre luces y sombras. Isabelle apenas podía mantenerse de pie; cada contracción era un golpe seco que la doblaba, que la hacía respirar profundamente como si el aire se le escapara por alguna grieta que no lograba encontrar.
En la recepción, apenas logró decir su nombre antes de que su cuerpo decidiera por ella. Los médicos corrieron, una camilla apareció de pronto y las voces se volvieron un murmullo acelerado. —Está en trabajo de parto avanzado.
—Dilación rápida, preparen sala de urgencias. —acentuó el médico—. ¿Señora, puede escucharme? —le preguntó pegado a su odio tras verla casi desvanecida.
Pero Isabelle no escuchaba nada más que el latido de su bebe por nacer. ¡¿Porque mientras su cuerpo luchaba por abrirse?! Su mente también lo hacía. Las posibilidades la golpeaban con la misma violencia que las contracciones.
Podía enfrentar a Alejandro contándole la verdad sobre su traición y destruirlo, pero con la ligera esperanza que la a